Muchas son las cosas que se han escrito y dicho en los últimos
días respecto de los hechos ocurridos, en la ahora tan
mentada escuela Malvinas Argentinas de Carmen de Patagones.
Mucho es también lo que va circulando por el imaginario
social, dando cuerpo a ciertas teorías que encarnan, al
modo de lo que Ángel Rivière llamaba una “psicología
natural”, construcciones semióticas que generan realidad.
No me estoy refiriendo a las construcciones semióticas
de Eco, o Barthes -respecto de las cuales, parecen muy avezados,
los opinólogos de turno, sancionando de uno u otro modo
los posibles efectos de escuchar esta o aquella música,
de jugar a tal o cual jueguito electrónico-, sino a las
representaciones sociales, que van cobrando consistencia –una
vez más- en una mayor desconfianza respecto de los jóvenes
y niños, sea esto por villeros, negros, drogadictos, violentos,
marginales, esquizoides, silenciosos, raros, larvados, escindidos,
peculiares, o simplemente por ser jóvenes o por ser niños.
1. El tema de la responsabilidad.
Parece ser que está mal hablar de culpa. Hoy en día se oye más
hablar de responsabilidad que de culpas. Son dos cosas diferentes. Aunque parientes
cercanas, son diferentes. Sin embargo muchas veces, cada vez que escuchamos
o leemos responsabilidad , debemos entender culpa
. Nuestra sociedad está buscando culpables: ubicar de algún
modo al causante, más allá de la obviedad de los actores del reparto,
para establecer las coordenadas de la retaliación. Es también
un modo de no mirarse, de no entenderse, de no pensarse y de no comprometerse.
Poder dar respuesta respecto de los propios actos, a partir de la libertad radical
del hombre, tal como nos lo propone la filosofía, no es posible -después
de Freud- sin la condición de responsabilidad subjetiva a partir del
inconsciente, más allá de la larga elucubración de grados
y tipos de responsabilidades que tanto la filosofía como el derecho,
abrevando el segundo de la primera, contemplan.
“Nadie pudo escuchar que algo estaba ocurriendo con ese joven”,
“Los profesionales del gabinete psicopedagógico de la escuela ya
les habían sugerido a los padres de Junior, una derivación a tratamiento
psicológico”, “El padre es un policía”, “En
el banco del chico había frases terribles”, “Escuchaba a
Marilyn Manson”, “¿Qué hicieron por él en la
escuela?” Todo esto y mucho más es parte de lo que
estuvo y sigue circulando, en busca del responsable.
Es ésta quizás una oportunidad para pensar cuál es la relación
que podría existir, respecto de que en el mismo diario del día
en que se relatan los sucesos de Carmen de Patagones, una gran porción
de la misma publicación habla de los secuestros cotidianos en el conurbano
bonaerense, de los niños que siguen muriendo a causa de la desnutrición
en todo el país, la reducción de la edad de imputabilidad de los
menores, el anticipo de la reforma policial por parte del ministro de seguridad
de la Provincia y en la sección internacionales, podemos ver el último
recuento de soldados estadounidenses, iraquíes, rehenes y otros ciudadanos
adultos, adolescentes y niños, muertos en la última guerra del
imperio. Parecería ser la era de la indefensión, de la inermidad
y la exclusión. No he escuchado al joven Junior para poder emitir juicio
respecto de sus series complementarias, de sus posibles perturbaciones, de la
ruta de sus actos. Sí puedo abrir el foco y escuchar algo más
en el contexto devastado, donde resuenan los pedidos vanos de justicia
de la comunidad desorientada de Patagones, que marcha sin saber exactamente
hacia dónde, en una mezcla de angustia con rezos, pancartas y reclamos.
2. La prevención
Luego del veintinueve de septiembre algunos colegios descubrieron que era importante
tener psicólogos en sus departamentos de orientación. La paranoia,
sin embargo, no deja demasiado lugar al pensamiento. La posible reflexión
institucional, en muchas escuelas, se transforma en un hacer rápido,
para demostrar gestión, lejos del análisis
que las particularidades de cada institución amerita, en función
de los elementos inquietantes que Patagones ha despertado.
Una apertura masiva de paraguas escolares, preanuncia lluvias de posibles crímenes
adolescentes, que derivan en la burocratización más generalizada
de las prácticas pedagógicas, para la presunta protección
de la institución, los profesionales intervinientes, la comunidad toda
y -claro está- el propio cuello que quienes no quieren cargar con ningún
muerto ni criminal. Hoy en día los libros de actas florecen por doquier
en muchas escuelas. Parecería ser que todo el mundo querría asegurarse
un “yo te avisé”. Y lejos de la resistencia propia que genera
la intervención psicológica, son los alumnos “derivados”
en hordas a los gabinetes psicológicos y de orientación.
La escuela es sin duda una caja de resonancia de lo social, desde lo micro-familiar
hasta lo macro-comunitario, que permite la repetición sistemática
de la distribución del capital cultural y prácticas sociales legitimadas,
cada vez más idénticas a sí mismas. Pero también
presenta la escuela oportunidades de quiebre de estos circuitos de eterno retorno
que –parafraseando una vez más a Waddington- pueden generar, tanto
un estado de homeorresis en la lógica distributiva social, como acciones
que propicien la salud mental de sus actores.
Es responsabilidad de la institución-escuela pensarse como analizador,
en el contexto de un proyecto -difícilmente unívoco- de país.
Esto es parte de una prevención posible, no específica como la
de los mil talleres que ya se están dictando para padres, docentes y
alumnos, respecto de la violencia escolar y otros temas vinculados a la detección
de niños-problema o “criminales larvados” como muchos gustan
en llamar a esta nueva categoría clínico-escolar.
3. Los niños necesitan cuentos de hadas.
Entre las múltiples voces que se alzaron en el contexto de los hechos
que me convocan a esta reflexión, hubo quienes señalaron, como
también en el caso de Columbine y hace poco más de dos años
en Erfurt, los gustos “darkies” o “goths” de los protagonistas
de estas historias trágicas, así como el juego Counter-strike
y otras fascinaciones adolescentes.
Claro que merece algún cuestionamiento la naturaleza misma de un juego,
en el que logra ser ganador, quien más gente alcanza a matar con la mejor
administración de recursos terroristas que va conquistando. Pero llevar
a la condena directa a tales softwares, como causantes de múltiples desmanes
esquizofrénicos en los aparatos psíquicos de los jóvenes,
no deja de sorprenderme. Y aún más, no deja de ser llamativamente
ingenuo.
Dentro de la misma línea podríamos encarar la censura de los leñadores
de los cuentos de Caperucita roja o las “brujas-Yiya-Murano” de
Blancanieves que también podrían despertar instintos asesinos
diversos, por sus explícitos intentos filicidas de preparar hornos para
niños extraviados, manzanas envenenadas para jóvenes bellas o
la utilización poco ecológica del hacha.
Ya Aristóteles advierte en su Poética, acerca de la importancia
del teatro en la vida social del hombre, como modo de poner en escena una parte
de su vida anímica, de forma tal que produzca una catarsis, un modo de
vivir algo de aquello que está vedado, a través de un otro ficcional.
Freud retoma estas ideas en “Personajes psicopáticos sobre el escenario”,
como el modo de un juego de proyecciones, que permiten al espectador vivir las
penas de los personajes, morir una y otra vez a través de la escena teatral
y a la vez entender y eventualmente poder elaborar en cierta manera, alguno
de los conflictos que tales situaciones dramáticas plantean.
Hubo quienes pensaron que los isomorfismos de los cuentos y sagas de una y otra
cultura, respecto de sus conflictivas, personajes, niveles de crueldad y temáticas,
encontraban su origen en una única fuente, el viejo reservorio cultural
indoeuropeo. Sin embargo es la matriz psicológica -Bruno Betthelheim
y Levi-Strauss mediante- la que marca los sesgos de los isomorfismos que unen
a las culturas más diversas, en las insondables experiencias interiores
de chicos y adultos, representadas en los cuentos de hadas o sagas tradicionales.
No sé cuánto les permite elaborar Marilyn Manson a sus fans las
vivencias desestructurantes que sus crecimientos les producen, la sensación
de muerte y los duelos que su evolución vital les genera. Tampoco sé
cuánto alivia la carga destructiva el Counter-strike en los adolescentes
que lo juegan y cuánto y en qué medida potencia en algunos ciertos
odios. Sí creo que hay una mirada que no podemos eludir, que es la de
un otro al que debemos darle forma ante nuestros jóvenes, para poder
ser receptores de sus odios y no de sus balas, de sus reclamos y no de sus disparos.
En Erfurt, el Profesor que detuvo los certeros balazos del adolescente del caso,
en medio de la locura de la situación le gritó “matame si
querés, pero mirame a los ojos cuando lo hagas”. Estas palabras
produjeron un efecto de corte. Una mirada que dio consistencia a un Otro, que
convocó a la subjetivación, entre el semejante y la Ley. Sin embargo
ya era demasiado tarde: dieciséis personas ya habían sido heridas
mortalmente.
¿Cuántos más cuentos de hadas debió haber escuchado
el joven Junior de Patagones? ¿Cuánto Marilyn Mason hizo falta?
¿Cuántas más oportunidades de elaboración de sus
rivalidades, odios y otras desmezclas pulsionales debió haber tenido?
No es posible saberlo con exactitud. Seguramente muchas. Sí sé
que sus actos mostraron un despliegue más allá de las palabras,
que la dimensión del juego quedó abolida y el desborde de la muerte
se esparció con la consistencia del plomo.